La tarde de Reyes, Ramón salió a pasear por las calles de
su ciudad. La temperatura era bajísima y Ramón iba dentro de un
viejo chaquetón
de pana. Llevaba las manos en los bolsillos, con
una de ellas iba sobando los escasos billetes que había podido
reunir para comprarle un regalo a su hijo Daniel. Daniel aún no
tenía edad para ver las dificultades por las que atravesaba su
familia. Dos noches antes, Daniel, durante la cena, les había
comentado a sus padres, que en su clase todos los niños tenían una
PlayStation 3, y que ese, y solo ese, era el regalo que quería que
le trajeran los Reyes Magos. Daniel creía en los Reyes
Magos.
A Berta, su madre, se le escapó una lágrima
mirando fijamente a Ramón, la lágrima cayó hasta media mejilla,
momento en que Berta, con un movimiento elegante, casi coqueto, se
la apartó de la cara para que Daniel no se percatara. A Ramón en
cambio, se le encendió la mirada, de tal manera que se podían ver
reflejadas en ella todas las desventuras de su existencia.
Claro, hijo, los Reyes harán lo que puedan
Daniel se fue a dormir, no muy convencido por la respuesta a su
demanda. Quizás pensó que no había sido buena idea decirles a sus
padres lo que le pensaba pedir a los Reyes y concluyó que en un
futuro, nunca más se lo diría. Escribiría su carta en secreto. Ese
sería su gran plan para el próximo día de Reyes. Y en esas andaba
Ramón, escasos 100 € en el bolsillo, y un difícil cometido. Entró
en unos grandes almacenes y confirmó lo que temía. No tenía
suficiente dinero para el regalo de Daniel. Cuando se disponía a
salir, y sintiéndose más pobre que nunca, vio un cartel que rezaba:
“Se necesita figurante para Rey Mago”. Ramón le preguntó al
encargado cuánto cobraría por aceptar el puesto. Suficiente, era
suficiente para comprarle el regalo a Daniel. Ramón se enfundó un
traje de terciopelo rojo, ribeteado con detalles dorados, unos
zapatos de charol con una enorme hebilla cuadrada, una preciosa
corona de cartón y una barba blanca. Le tuvieron que ayudar a
subirse al trono, ya que con el relleno que le habían colocado, el
mero hecho de caminar le resultaba harto dificultoso. Ramón
se había convertido en Melchor. Cuando llevaba un rato haciéndose
fotos con los niños y recogiendo sus cartas, aparecieron Berta y
Daniel. Daniel llevaba su carta a los Reyes en la mano derecha, la
izquierda, en el bolsillo por el intenso frío. Cuando llegó su
turno, Melchor le dijo: -Si adivino tu nombre y lo que nos pides en
tu carta, ¿Creerás en la magia? Daniel se apresuró a asentir, con
los ojos como platos por la emoción. -Te llamas Daniel y quieres
una PlayStation 3 – Le dijo Melchor Berta miró a los ojos a Melchor
y volvió a derramar una lágrima. Esta vez no se la apartó. Estaba
orgullosa de esa lágrima. Daniel confirmó las palabras de Melchor
casi temblando de la emoción. Daniel creyó más que nunca
en los reyes Magos
El día de Reyes por la mañana, Daniel
se apresuró a salir al salón para ver si le habían traído su
regalo. Ahí estaba su PlayStation 3 Papá, mamá, mirad, al
final me la han traído !!
Berta y Ramón se levantaron
para disfrutar juntos de la alegría de Daniel. Ramón esbozó una
sonrisa, pero en sus ojos había una mezcla de tristeza y ternura. A
Berta se le escapó una tercera lágrima, pero se prometió que sería
la última. Estaba rodeada de gente maravillosa. Papá
¿Sabes que te pareces un poco al rey Melchor?