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Vicente

En cada pueblo hay, como mínimo, un tonto.

Desconozco por que las ciudades, se han librado de tal afirmación.

¿Alguien ha oído alguna vez hablar del tonto de la ciudad?

Sin embargo, y por una mera cuestión estadística, los tontos de ciudad son legión.

Otra vez la injusticia rural.

Dejaremos a los tontos de ciudad para otra ocasión ya que merecen capítulo aparte.

Vicente es un tonto de pueblo. Grandullón, entrañable, indispensable en el paisaje. Con su vieja boina amarronada por el uso, eso sí, una boina Elósegui. Para el que no lo sepa, Elósegui es a las boinas, lo que Armani a los trajes. Pero Vicente no sabe quién coño es Armani. La lleva tan calada, la boina, que pareciera que nació con ella. Barba cana de dos días. Nunca he sabido si porque se la repasa, o porque siempre le veo dos días después de afeitarse.

Vicente siempre ha vivido en el pueblo, de hecho solo ha salido de él en contadas ocasiones. Una de ellas fue para ir a la mili. Al Ferral de Bernesga le tocó. Según sus propias palabras, pasó más frío que un perro pequeño. Vicente siempre cuenta historias de la mili, quizás porque allí se sintió liberado.

Paradojas

Vicente nunca le ha hecho daño a nadie, antes al revés, se ha visto humillado en público en más de una ocasión.

Pero Vicente ha perdonado.

Recuerdo el día en que me dijo que había dejado la radio puesta toda la noche y se fue a dormir. Le pregunté por qué había hecho tal cosa y su respuesta me dejó atónito. Dijo que le caía mal el locutor, y que le quería tener toda la noche hablando, como castigo. Así es Vicente y esta es la mayor maldad que le conozco.

Inocente hasta en la maldad

Pero entre los faros que nos alumbran y Vicente, me quedo con Vicente.

Vicente es un niño de sesenta años

Vicente es mi amigo

 


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Culpa

Cuando la culpa te desordena el alma y buscas la puerta donde diga “expiación”, entonces es cuando se siente la satisfacción por la mácula. Como Raskolnikov. El bálsamo lisérgico de que nacimos para ser culpables, eso lo tapa todo.

Aunque acabemos en Siberia, la redención de la culpa es íntima, no como el castigo, para eso hacen falta terceros, blandiendo gruesos libros  y no sé qué balanzas en manos de damas con los ojos vendados.

No siempre la culpa la origina un crimen, a veces no es más que una frustración, una omisión, una elipsis de la razón, y estas  no merecen castigo, sino condescendencia y comprensión, pero no os preocupéis, siempre hay un alma caritativa que nos las va recordando periódicamente. Para que no las olvidemos. Para recordarnos que no podemos vivir sin ellas, que forman parte de lo más íntimo de nuestras ruines existencias.

Hay quien no perdona nuestras culpas, desechando cualquier atisbo de comprensión, y nos deja el corazón en edición de bolsillo. Ignorando que si somos culpables es porque somos humanos. Indisoluble.

Yo no he sido.

 

Espinela

Todas las puertas cerradas

Solo puertas de salida

Siempre abiertas las heridas

Con mil cuchillos rajadas

Ruido de voces ahogadas

Haraganes indecentes

Pronosticando las muertes

De los que algún día sintieron

De los que algún día lloraron

Toda la clase de suertes

 

@

Gordos, flacos, listos, tontos, grandes y pequeños.

Surrealistas, sobrevalorados, esquivos y dúctiles.

Agnósticos, pronósticos y elásticos.

Arcanos, buenos y malos

Susceptibles, confiados, endiosados.

Amigos, frecuentes, saludados y bobos

Amables, acogedores:  gasolineros  y arqueros

Músicos y músicas, pintores y amantes

Incrédulos, inocentes, vulgares y doctos.

Sonrisas y lágrimas

Rebeldes con causa

Y lunes al sol.

Desagradecidos, incautos, volátiles y sólidos.

Oscuros y claros, humildes y ufanos.

Ausentes.

Shine on you a crazy diamond

El TL, la vida….

 

José Mari

José Mari creció en la Barcelona de la posguerra en el seno de una familia pobre.

Ser pobre, aunque parezca mentira, no significa no tener ideas. Lo digo porque, por si fuera poco lo de la pobreza, José Mari nació en una familia que perdió la guerra.

Ante esta situación, la familia de José Mari abandonó la ciudad y volvió al pueblo.

José Mari era un tipo resuelto, así que a los nueve años encontró su primer trabajo barnizando ataúdes en Mora de Ebro, (alegre trabajo para acabar de redondearlo).  Junto a su gemelo Paco, eran los mayores de cuatro hermanos y había que arrimar el hombro para llenar la olla, vamos, para no tener la olla boca abajo.

Las cosas no iban muy bien en la familia de José Mari, y su padre decidió emprender el sueño americano, así que empaquetaron todo y agarraron un barco con destino a Argentina.

Tras una larga y penosa singladura, llegaron a Buenos Aires con la ilusión de una nueva vida.

No se puede empezar una nueva vida, desengáñense, vida solo hay una, y nos deja cicatrices a cada paso, el que decide empezar una nueva vida, es que no se mira las cicatrices.

Tres o cuatro trabajos después, cinco o seis puto gallego después, dos o tres desesperanzas después, volvieron a Barcelona, con el rabo entre las piernas y más pobres de lo que se fueron.

Pero no todo iba a ser malo. José Mari para entonces ya era un buen mozo, y empezó a hablar con una chica del barrio que se llamaba Mª Jesús.

Mª Jesús había nacido en una familia que ganó la guerra, y tenía un empleo en las oficinas de Galerías Preciados, en el Portal de l’Angel, hoy Corte Inglés.

A pesar de algunas discrepancias familiares, consiguieron casarse, José Mari encontró un trabajo de representante para una empresa que vendía cajas reductoras para barcos y todo tipo de material industrial para los astilleros, por lo que estaba mucho tiempo de viaje por la costa cantábrica. En resumidas cuentas, pasaba más días en el hotel Conde Duque, del Campo Volantín de Bilbao, que en su modesto piso del Poble Sec.

Esto no fue impedimento para que Mª Jesús quedase preñada en dos ocasiones. Niño y niña. La parejita.

Y la vida fue pasando y dejando su rastro de amarguras y alegrías, puede que más de las primeras, que de las segundas, pero dignamente.

Por cierto, José Mari, era muy del Barça, el decía que lo llevaba en la sangre…

El 9 de noviembre hace cinco años que nos dejó José Mari, pero ya me había enseñado a llegar a los sitios y a las personas.

José Mari era mi padre.

In memoriam


Pequeño pie quebrado

Tu memoria y el adiós

Dulce sorbo del ayer

Luna helada

Vela negra sin amor

Sangre amarga del querer

Coagulada

Mar de sombras sin perdón

Acechando amanecer

En su almohada

Los recuerdos del arcón

Ya parecen no saber

Que te amaba

De hierro frío el olor

Los tenues rayos de miel

Tu mirada

Humo

En ocasiones recuerdo el barrio en el que nací y crecí. En aquella época todavía existía la figura del Sereno, un vigilante nocturno que velaba por la seguridad de los ciudadanos trasnochadores, cuando trasnochar era llegar a casa a las doce de la noche, incluso tenía las llaves de los portales. Los autobuses de Barcelona me parecían unos monstruos verdes que inundaban de humo por allí por donde pasaban. Tenían el suelo de madera y unas barras nacaradas para agarrarse raídas por el uso, el cobrador iba en la parte trasera y había carteles que rezaban “prohibido escupir”. En ocasiones cogíamos el Metro desde Poble Sec (entonces Pueblo Seco) y bajábamos en Fontana (entonces Fontana). Íbamos allí a visitar a un primo de mi madre, que siempre pensé que tenía más posibles que nosotros porque vivía en Gràcia, pero que al final resultó ser un desgraciado.

Los paseos hasta el colegio eran entretenidos, bajaba la calle Cabanes hasta Vilà i Vilà, giraba a la izquierda y pasaba por el restaurante Abrevadero, lugar de encuentro de los actores que trabajaban en el teatro Talía, después Studio 54, después lugar de citas, la mayoría clandestinas.

Un poco más adelante me encontraba con el encantador y maltratado Molino, donde hicieron las delicias de lo más granado de la ciudad artistas como Pipper, Johnson, Teresita la mojada, o La Maña.

El colegio estaba en la calle Tapioles (entonces Tapiolas). Era un edificio antiguo por fuera y moderno por dentro, como queriendo imitar los últimos años de Warhol. El director era el Sr. Janer. Hombre serio que nos obligaba a darle la mano cada mañana al entrar a clase. Siempre tenía aspecto de agotado, no se si por las exigencias de su amantísima, o porque, como descubrí más tarde, todos estábamos agotados, unos lo parecían más que otros, pero todos estábamos agotados…

Pero por fin cayó la estaca, y nos dieron tres días de fiesta que aproveché para enterarme de lo que sospechaba que era un hecho trascendente, estaba en tercero de E.G.B.

Los abuelos maternos lo vivieron con preocupación, los paternos con alegría, o sea que estuve muchos años en los que las reuniones navideñas acababan en discusiones políticas que más de una vez estuvieron a punto de desembocar en tragedia familiar. Ya ven, viviendo en primera persona eso que dio en llamar las dos Españas.

En uno de esos días de fiesta, recuerdo que mi padre me llevó a dar un paseo por las atarazanas y el muelle de las golondrinas, y me dí cuenta de que miraba el mar de otra manera, como si no lo hubiese visto nunca, o como si fuera una mar (como decía el) diferente. Incluso el aire era diferente, y hasta los autobuses parecían despedir menos humo. Ese día me di cuenta de que había pasado algo importante, algo que iba a cambiar nuestras vidas para siempre.

 

Carbón

Están aún lejanas las fechas en que se regala carbón, pero uno siente la necesidad de empezar a repartirlo aún a riesgo de resultar extemporáneo. No hace mucho ha comenzado un programa de televisión en el que un puñado de jóvenes se someten a un encierro con el objeto de afinar modales, corregir estéticas y pulir comportamientos. Le leí a un compañero de TL que en cuanto empezó el programa corrió a hacerse un plan de pensiones. No me extraña en vista del panorama. Aún así, estoy seguro que estos personajes no describen a la generalidad de la juventud porque si no la situación sería absolutamente descorazonadora. La cuestión es porqué se explicita la vulgaridad en lugar de la excelencia. ¿no hay jóvenes de los que podríamos aprender muchísimo?. La respuesta es si, pero estos no venden. Mi carbón va dirigido a los que, para conservar su audiencia, no dudan en hacer proselitismo de la vulgaridad, con personajes que se vanaglorian de su propia ignorancia.

Vino

Apareció súbitamente al doblar la esquina. Sin más, con la soberbia figura de una sirena emergiendo entre la espuma de un mar oscuro.

Hola ¿Cómo estás?

Una pregunta, tres palabras.

Y cómo te explico yo…tanto tiempo, tanta ausencia, tanto recuerdo de lo que fue, tanto pensar en lo que pudo ser, cómo te explico yo…

Cómo te explico yo las noches en barras de bar llenas de gente sin sombra ahogando mis miedos.

Cómo te explico yo la falta de colores y el sabor a óxido del fracaso.

Cómo te explico yo un asiento de acompañante vacío.

Cómo te explico yo el vacío, el tremendo vacío

Cómo te explico mis viajes para huir y no para llegar

Cómo te explico yo que tus ojos le devuelven el ritmo a este corazón que va con el paso cambiado desde que dijiste adiós.

Cómo te explico yo que siempre es invierno…

Hoy abriré una botella de vino para que me adormezca los sentidos, para que, aunque sea por un instante, olvide que, después de tantos años, todo lo bello se sigue pareciendo a ti.

Bien, estoy bien, no me puedo quejar

Tardes

Las tardes de otoño languidecían dejando pasar por las persianas un resquicio de luz que apenas rozaba el zócalo del salón. Elena Francis y el rosario eran líderes de audiencia cuando no había líderes de audiencia y las abuelas escuchaban con atención los consejos con que La Señora obsequiaba a solteras incorruptas, separadas resentidas y escocidos en general, que la llamaban muy desesperados para que les diera un consejo que arreglara su mezquina vida.Radio.

Me fascinaba observar como repasaban las cuentas de un rosario erosionado de tanta beatitud, con insospechada sincronización y pericia. Eran momentos mágicos donde me dedicaba a analizar los movimientos de sus dedos ajados por los años y por tantas caricias perdidas entre las ruinas de una guerra que no eligieron. Dios te salve María.

Los sábados se compraba el periódico. Esperaba a que mi padre acabara de leerlo para poder hojearlo. El tacto de su papel áspero producía en mí una extraña sensación. Como si pasara a ser adulto con solo tocarlo, como si me eximiera de ir al colegio el siguiente lunes. En esos momentos era importante, o por lo menos eso pensaba, que al final es lo que cuenta. El Noticiero Universal.

Blanco y negro, dos opciones, anuncios de Vanguard y Kelvinator. Concursos con caspa. Reinas por un día. Premonitorio. Un millón para el mejor. Desierto. Y el telediario, bueno, El Parte hasta que se fueron los abuelos, y Eugenio Martín Rubio con su varita sobre el mapa de cartón, manejándose con destreza entre isobaras y borrascas, entre marejadas y marejadillas, y su bigote nostálgico de otro tiempo, no precisamente atmosférico. Y el domingo misa y fútbol, si no, no era domingo. Panem et circenses.