Category: Prosas


Indeleble

Uno de los días que recuerdo con más claridad de las ya lejanas clases de E.G.B. ,es en el que nos permitieron “pasar a boli”.

Hasta entonces, tanto los ejercicios de matemáticas, como las interminables libretas caligráficas, las rellenábamos con unos lápices cilíndricos de color marrón.

Además de los lápices, disponíamos de otros dos elementos auxiliares pero de suma importancia, a saber: la goma de borrar y el sacapuntas o sacaminas.

Las gomas de borrar solían ser blancas, cuadradas y con un característico olor que se quedó incrustado para siempre en lo más recóndito de mi cerebro. Casi todas llevaban impresa la palabra “MILAN”. Más tarde descubrí que era la marca.

Los sacapuntas daban más información sobre sus usuarios. Los había de plástico, unos con forma de prisma triangular y otros cúbica, con una entrada para el lápiz, también los había metálicos con una entrada y con dos entradas, una para lápices normales y otra para otros más gruesos que, en realidad, nunca ví. Llegué a establecer una conexión entre la calidad de los sacapuntas y los posibles de cada uno porque cuanto mejor era el sacapuntas del niño, más grande era el coche con el que venía a buscarle el padre.

Todo esto acabó el día en que nos dijeron: “Mañana traed bolígrafos azules”

La principal novedad era que lo escrito con bolígrafo no se podía borrar. Aterrador.

Lo que escribiera con bolígrafo iba a quedar para siempre, y eso me obligaba a pensar muy bien lo que iba a escribir y como iba a hacerlo. Por primera vez en mi vida, pensaba seriamente en las consecuencias de algo.

Percibí que todos tardábamos más en rellenar nuestros ejercicios, seguramente porque pensábamos más en la consecuencia, que en el propio acto.

Cuando salíamos al recreo y nos juntábamos con niños de cursos inferiores, nos mostrábamos muy ufanos porque “ya nos habían pasado a boli”. Nos vanagloriábamos de ser “mayores”, sin saber, en nuestra inocencia, que habíamos dado un paso fatídico del que ya no habría marcha atrás.

Me hubiera gustado poder vivir escribiendo siempre con lápiz, aunque hubiera tenido que cargar con una goma “MILAN” y con un sacapuntas.

Por cierto, el mío era de plástico.

Felicidades amigo

Hace más o menos un año y medio, creé una cuenta en  twitter. Comencé a intercambiar opiniones y comentarios con bastante gente. Empezó a resultar divertido, sobre todo porque tengo la suerte de seguir a personas extraordinarias de la que he aprendido un montón de cosas.

Hoy cumple años mi más admirado twittero. (se me hace pequeño el adjetivo).  El te respetará, el te cuidará, el llevará una conversación hasta las últimas consecuencias. El nunca abandonará la sensatez y el respeto, el estará a la altura.

Lo mismo vendimia que escribe sobre Oklahoma, lo mismo varea olivas que te explica unas pantagruélicas oposiciones a una caja de ahorros de Cuenca.

Muchas felicidades Gaso, y muchas gracias por mandarme a menudo a la Wiki y por enseñarme la dificultad de ser japonés.

Un abrazo compañero.

Pdta: Espero que me sigas mandando a la Wiki mucho tiempo…

Subi

 

2010

Apenas te quedan unas horas de vida. Nunca es agradable anunciar una muerte, pero tú, desde el día que naciste, sabías exactamente que día morirías, incluso el instante preciso en que dejarías de existir para no volver jamás. Me pregunto qué pasaría si los humanos fuéramos de tu misma naturaleza: etérea, rectilínea, finita y certera. Es posible que perdiéramos todo nuestro tiempo, tu propia esencia, en pensar cómo pasará, como será ese último y fatídico final. Creo que no viviríamos. Sería un tormento tener despejada la incógnita de tan larga e infame ecuación. Mejor que no lo sepamos. Por eso te compadezco, por eso y porque te mueres.

Pero debes saber que tu muerte es necesaria. Debes morir para que llegue otro de tu estirpe a traernos, con su renovado aliento, nuevas ilusiones, que es (no te engañes), algo de lo que vivimos estos miserables que hemos transitado por tus entrañas. Gracias por tan alto sacrificio y gracias sobre todo por habernos creado recuerdos, que son (no te engañes) los que nos alimentan el alma.

 

La tarde de Reyes, Ramón salió a pasear por las calles de
su ciudad. La temperatura era bajísima y Ramón iba dentro de un
viejo chaquetón
de pana. Llevaba las manos en los bolsillos, con
una de ellas iba sobando los escasos billetes que había podido
reunir para comprarle un regalo a su hijo Daniel. Daniel aún no
tenía edad para ver las dificultades por las que atravesaba su
familia. Dos noches antes, Daniel, durante la cena, les había
comentado a sus padres, que en su clase todos los niños tenían una
PlayStation 3, y que ese, y solo ese, era el regalo que quería que
le trajeran los Reyes Magos. Daniel creía en los Reyes
Magos.
A Berta, su madre, se le escapó una lágrima
mirando fijamente a Ramón, la lágrima cayó hasta media mejilla,
momento en que Berta, con un movimiento elegante, casi coqueto, se
la apartó de la cara para que Daniel no se percatara. A Ramón en
cambio, se le encendió la mirada, de tal manera que se podían ver
reflejadas en ella todas las desventuras de su existencia.
Claro, hijo, los Reyes harán lo que puedan
Daniel se fue a dormir, no muy convencido por la respuesta a su
demanda. Quizás pensó que no había sido buena idea decirles a sus
padres lo que le pensaba pedir a los Reyes y concluyó que en un
futuro, nunca más se lo diría. Escribiría su carta en secreto. Ese
sería su gran plan para el próximo día de Reyes. Y en esas andaba
Ramón, escasos 100 € en el bolsillo, y un difícil cometido. Entró
en unos grandes almacenes y confirmó lo que temía. No tenía
suficiente dinero para el regalo de Daniel. Cuando se disponía a
salir, y sintiéndose más pobre que nunca, vio un cartel que rezaba:
“Se necesita figurante para Rey Mago”. Ramón le preguntó al
encargado cuánto cobraría por aceptar el puesto. Suficiente, era
suficiente para comprarle el regalo a Daniel. Ramón se enfundó un
traje de terciopelo rojo, ribeteado con detalles dorados, unos
zapatos de charol con una enorme hebilla cuadrada, una preciosa
corona de cartón y una barba blanca. Le tuvieron que ayudar a
subirse al trono, ya que con el relleno que le habían colocado, el
mero hecho de caminar le resultaba harto dificultoso. Ramón
se había convertido en Melchor. Cuando llevaba un rato haciéndose
fotos con los niños y recogiendo sus cartas, aparecieron Berta y
Daniel. Daniel llevaba su carta a los Reyes en la mano derecha, la
izquierda, en el bolsillo por el intenso frío. Cuando llegó su
turno, Melchor le dijo: -Si adivino tu nombre y lo que nos pides en
tu carta, ¿Creerás en la magia? Daniel se apresuró a asentir, con
los ojos como platos por la emoción. -Te llamas Daniel y quieres
una PlayStation 3 – Le dijo Melchor Berta miró a los ojos a Melchor
y volvió a derramar una lágrima. Esta vez no se la apartó. Estaba
orgullosa de esa lágrima. Daniel confirmó las palabras de Melchor
casi temblando de la emoción. Daniel creyó más que nunca
en los reyes Magos
El día de Reyes por la mañana, Daniel
se apresuró a salir al salón para ver si le habían traído su
regalo. Ahí estaba su PlayStation 3 Papá, mamá, mirad, al
final me la han traído !!
Berta y Ramón se levantaron
para disfrutar juntos de la alegría de Daniel. Ramón esbozó una
sonrisa, pero en sus ojos había una mezcla de tristeza y ternura. A
Berta se le escapó una tercera lágrima, pero se prometió que sería
la última. Estaba rodeada de gente maravillosa. Papá
¿Sabes que te pareces un poco al rey Melchor?


Vicente

En cada pueblo hay, como mínimo, un tonto.

Desconozco por que las ciudades, se han librado de tal afirmación.

¿Alguien ha oído alguna vez hablar del tonto de la ciudad?

Sin embargo, y por una mera cuestión estadística, los tontos de ciudad son legión.

Otra vez la injusticia rural.

Dejaremos a los tontos de ciudad para otra ocasión ya que merecen capítulo aparte.

Vicente es un tonto de pueblo. Grandullón, entrañable, indispensable en el paisaje. Con su vieja boina amarronada por el uso, eso sí, una boina Elósegui. Para el que no lo sepa, Elósegui es a las boinas, lo que Armani a los trajes. Pero Vicente no sabe quién coño es Armani. La lleva tan calada, la boina, que pareciera que nació con ella. Barba cana de dos días. Nunca he sabido si porque se la repasa, o porque siempre le veo dos días después de afeitarse.

Vicente siempre ha vivido en el pueblo, de hecho solo ha salido de él en contadas ocasiones. Una de ellas fue para ir a la mili. Al Ferral de Bernesga le tocó. Según sus propias palabras, pasó más frío que un perro pequeño. Vicente siempre cuenta historias de la mili, quizás porque allí se sintió liberado.

Paradojas

Vicente nunca le ha hecho daño a nadie, antes al revés, se ha visto humillado en público en más de una ocasión.

Pero Vicente ha perdonado.

Recuerdo el día en que me dijo que había dejado la radio puesta toda la noche y se fue a dormir. Le pregunté por qué había hecho tal cosa y su respuesta me dejó atónito. Dijo que le caía mal el locutor, y que le quería tener toda la noche hablando, como castigo. Así es Vicente y esta es la mayor maldad que le conozco.

Inocente hasta en la maldad

Pero entre los faros que nos alumbran y Vicente, me quedo con Vicente.

Vicente es un niño de sesenta años

Vicente es mi amigo

 


Culpa

Cuando la culpa te desordena el alma y buscas la puerta donde diga “expiación”, entonces es cuando se siente la satisfacción por la mácula. Como Raskolnikov. El bálsamo lisérgico de que nacimos para ser culpables, eso lo tapa todo.

Aunque acabemos en Siberia, la redención de la culpa es íntima, no como el castigo, para eso hacen falta terceros, blandiendo gruesos libros  y no sé qué balanzas en manos de damas con los ojos vendados.

No siempre la culpa la origina un crimen, a veces no es más que una frustración, una omisión, una elipsis de la razón, y estas  no merecen castigo, sino condescendencia y comprensión, pero no os preocupéis, siempre hay un alma caritativa que nos las va recordando periódicamente. Para que no las olvidemos. Para recordarnos que no podemos vivir sin ellas, que forman parte de lo más íntimo de nuestras ruines existencias.

Hay quien no perdona nuestras culpas, desechando cualquier atisbo de comprensión, y nos deja el corazón en edición de bolsillo. Ignorando que si somos culpables es porque somos humanos. Indisoluble.

Yo no he sido.

 

@

Gordos, flacos, listos, tontos, grandes y pequeños.

Surrealistas, sobrevalorados, esquivos y dúctiles.

Agnósticos, pronósticos y elásticos.

Arcanos, buenos y malos

Susceptibles, confiados, endiosados.

Amigos, frecuentes, saludados y bobos

Amables, acogedores:  gasolineros  y arqueros

Músicos y músicas, pintores y amantes

Incrédulos, inocentes, vulgares y doctos.

Sonrisas y lágrimas

Rebeldes con causa

Y lunes al sol.

Desagradecidos, incautos, volátiles y sólidos.

Oscuros y claros, humildes y ufanos.

Ausentes.

Shine on you a crazy diamond

El TL, la vida….

 

José Mari

José Mari creció en la Barcelona de la posguerra en el seno de una familia pobre.

Ser pobre, aunque parezca mentira, no significa no tener ideas. Lo digo porque, por si fuera poco lo de la pobreza, José Mari nació en una familia que perdió la guerra.

Ante esta situación, la familia de José Mari abandonó la ciudad y volvió al pueblo.

José Mari era un tipo resuelto, así que a los nueve años encontró su primer trabajo barnizando ataúdes en Mora de Ebro, (alegre trabajo para acabar de redondearlo).  Junto a su gemelo Paco, eran los mayores de cuatro hermanos y había que arrimar el hombro para llenar la olla, vamos, para no tener la olla boca abajo.

Las cosas no iban muy bien en la familia de José Mari, y su padre decidió emprender el sueño americano, así que empaquetaron todo y agarraron un barco con destino a Argentina.

Tras una larga y penosa singladura, llegaron a Buenos Aires con la ilusión de una nueva vida.

No se puede empezar una nueva vida, desengáñense, vida solo hay una, y nos deja cicatrices a cada paso, el que decide empezar una nueva vida, es que no se mira las cicatrices.

Tres o cuatro trabajos después, cinco o seis puto gallego después, dos o tres desesperanzas después, volvieron a Barcelona, con el rabo entre las piernas y más pobres de lo que se fueron.

Pero no todo iba a ser malo. José Mari para entonces ya era un buen mozo, y empezó a hablar con una chica del barrio que se llamaba Mª Jesús.

Mª Jesús había nacido en una familia que ganó la guerra, y tenía un empleo en las oficinas de Galerías Preciados, en el Portal de l’Angel, hoy Corte Inglés.

A pesar de algunas discrepancias familiares, consiguieron casarse, José Mari encontró un trabajo de representante para una empresa que vendía cajas reductoras para barcos y todo tipo de material industrial para los astilleros, por lo que estaba mucho tiempo de viaje por la costa cantábrica. En resumidas cuentas, pasaba más días en el hotel Conde Duque, del Campo Volantín de Bilbao, que en su modesto piso del Poble Sec.

Esto no fue impedimento para que Mª Jesús quedase preñada en dos ocasiones. Niño y niña. La parejita.

Y la vida fue pasando y dejando su rastro de amarguras y alegrías, puede que más de las primeras, que de las segundas, pero dignamente.

Por cierto, José Mari, era muy del Barça, el decía que lo llevaba en la sangre…

El 9 de noviembre hace cinco años que nos dejó José Mari, pero ya me había enseñado a llegar a los sitios y a las personas.

José Mari era mi padre.

In memoriam


Humo

En ocasiones recuerdo el barrio en el que nací y crecí. En aquella época todavía existía la figura del Sereno, un vigilante nocturno que velaba por la seguridad de los ciudadanos trasnochadores, cuando trasnochar era llegar a casa a las doce de la noche, incluso tenía las llaves de los portales. Los autobuses de Barcelona me parecían unos monstruos verdes que inundaban de humo por allí por donde pasaban. Tenían el suelo de madera y unas barras nacaradas para agarrarse raídas por el uso, el cobrador iba en la parte trasera y había carteles que rezaban “prohibido escupir”. En ocasiones cogíamos el Metro desde Poble Sec (entonces Pueblo Seco) y bajábamos en Fontana (entonces Fontana). Íbamos allí a visitar a un primo de mi madre, que siempre pensé que tenía más posibles que nosotros porque vivía en Gràcia, pero que al final resultó ser un desgraciado.

Los paseos hasta el colegio eran entretenidos, bajaba la calle Cabanes hasta Vilà i Vilà, giraba a la izquierda y pasaba por el restaurante Abrevadero, lugar de encuentro de los actores que trabajaban en el teatro Talía, después Studio 54, después lugar de citas, la mayoría clandestinas.

Un poco más adelante me encontraba con el encantador y maltratado Molino, donde hicieron las delicias de lo más granado de la ciudad artistas como Pipper, Johnson, Teresita la mojada, o La Maña.

El colegio estaba en la calle Tapioles (entonces Tapiolas). Era un edificio antiguo por fuera y moderno por dentro, como queriendo imitar los últimos años de Warhol. El director era el Sr. Janer. Hombre serio que nos obligaba a darle la mano cada mañana al entrar a clase. Siempre tenía aspecto de agotado, no se si por las exigencias de su amantísima, o porque, como descubrí más tarde, todos estábamos agotados, unos lo parecían más que otros, pero todos estábamos agotados…

Pero por fin cayó la estaca, y nos dieron tres días de fiesta que aproveché para enterarme de lo que sospechaba que era un hecho trascendente, estaba en tercero de E.G.B.

Los abuelos maternos lo vivieron con preocupación, los paternos con alegría, o sea que estuve muchos años en los que las reuniones navideñas acababan en discusiones políticas que más de una vez estuvieron a punto de desembocar en tragedia familiar. Ya ven, viviendo en primera persona eso que dio en llamar las dos Españas.

En uno de esos días de fiesta, recuerdo que mi padre me llevó a dar un paseo por las atarazanas y el muelle de las golondrinas, y me dí cuenta de que miraba el mar de otra manera, como si no lo hubiese visto nunca, o como si fuera una mar (como decía el) diferente. Incluso el aire era diferente, y hasta los autobuses parecían despedir menos humo. Ese día me di cuenta de que había pasado algo importante, algo que iba a cambiar nuestras vidas para siempre.

 

Carbón

Están aún lejanas las fechas en que se regala carbón, pero uno siente la necesidad de empezar a repartirlo aún a riesgo de resultar extemporáneo. No hace mucho ha comenzado un programa de televisión en el que un puñado de jóvenes se someten a un encierro con el objeto de afinar modales, corregir estéticas y pulir comportamientos. Le leí a un compañero de TL que en cuanto empezó el programa corrió a hacerse un plan de pensiones. No me extraña en vista del panorama. Aún así, estoy seguro que estos personajes no describen a la generalidad de la juventud porque si no la situación sería absolutamente descorazonadora. La cuestión es porqué se explicita la vulgaridad en lugar de la excelencia. ¿no hay jóvenes de los que podríamos aprender muchísimo?. La respuesta es si, pero estos no venden. Mi carbón va dirigido a los que, para conservar su audiencia, no dudan en hacer proselitismo de la vulgaridad, con personajes que se vanaglorian de su propia ignorancia.