Deambulando por el pasillo, le sorprendió un tenue y acompasado sonido que provenía de una puerta que se hallaba a su izquierda. La abrió con discreción, entró en la habitación, dio tres o cuatro pasos y notó como la puerta se cerraba a sus espaldas. La habitación era enorme, desproporcionada a juzgar por la estrechez del pasillo por el que hacía muy poco paseaba. Tenía una gran mesa central, lujosa pero sucia, distinguida pero abandonada desde, por lo que parecía, hacía mucho tiempo. Quedaban restos de comida cubiertos por una fina capa de moho, copas medio llenas y un ejército de cubiertos desparramados a su antojo, despojados de la geometría que exige el protocolo. Las paredes estaban cubiertas por cuadros y tapices que, a juzgar por su aspecto, habían vivido tiempos de mayor esplendor. Incluso algunos cuadros estaban rasgados, cosa que le recordó a esos orates que de vez en cuando había visto en las noticias por haber atentado contra un lienzo en el Louvre o el Hermitage. El suelo estaba cubierto por un material que no supo identificar y que amortiguaba cada uno de sus pasos, quizás solo fuera mugre. A pesar de haber poca luz, quiso tener una visión general de la habitación, y se desplazó hasta una de sus esquinas. Desde allí la habitación parecía aún más grande, y el desorden y la podredumbre, más evidente. Sin embargo vio cierta poesía en el conjunto, lo que le produjo satisfacción como observador, satisfacción que se esfumó cuando quiso adivinar la métrica y el significado de la poesía, ya que la poesía nacida del caos, carece de ambas cosas.

Observó que la luz provenía de lo que parecía ser una ventana y que, desde dónde se encontraba, solo alcanzaba a adivinar, por lo que se dirigió hacia el punto de luz con un paso extrañamente decidido. Debido al tamaño de la habitación, paró de caminar un momento y cerró los ojos, entonces fue cuando volvió a oír el tenue y acompasado sonido que le había llevado hasta allí. Su instinto curioso le llevó a preguntarse por qué no había vuelto a oír el sonido mientras inspeccionaba la habitación. La primera conclusión que sacó es que en la habitación no le estaba permitido hacer uso de la vista y el oído simultáneamente. Esta teoría la desechó inmediatamente. Siempre había sido un hombre de ciencia y desechaba de pleno semejantes prodigios, pero lo había pensado. La segunda opción le pareció más plausible, debido a la lejanía de la que provenía el sonido, sus propios pasos le impedían oírlo. Quedó satisfecho con esta teoría y siguió caminando hacia la luz.

A medida que se iba acercando a la ventana, la sensación de frío era mayor, hasta que se volvió casi insoportable. Solo se detuvo cuando estuvo tan cerca de ella que pudo ver que estaba abierta y que un viento helado, azul, vítreo entraba sin compadecerse de nada ni de nadie. Quiso acercarse a los ventanales para cerrarlos, pero le resultó imposible, estos se movían a merced del viento azul, pero solo a merced del viento azul. Ocupaban el espacio que les marcaba el viento azul, y nada podía interponerse en esa conjunción cósmica que así los había unido para siempre. Desistió de su empeño y pensó que por esa ventana podía salir cualquiera, pero entrar, solo podía entrar el viento azul.

Cuando no pudo soportar el frío por más tiempo, volvió sobre sus pasos. Intento oír el ruido producido por su caminar, principalmente para justificar que no podía oír el ruido tenue y acompasado, sin embargo, no oyó nada, solo lo pudo oír cuando, un instante más tarde, cerró los ojos, lo cual le produjo un notable sobresalto.

Volvió a la mesa, y observó que poco a poco todo el orden parecía restablecerse muy lentamente, al ritmo que marcaba el sonido tenue y acompasado, pero sin llegar a la perfección. Las copas estaban limpias, pero no guardaban un orden lógico, los cubiertos estaban correctamente dispuestos, pero sin llegar a la exactitud de un desfile militar en honor a un dictador enano de ojos rasgados. Los cuadros ya no estaban seccionados, pero observó que no estaban alineados por una geometría posible, y todos estos prodigios, se producían al ritmo que marcaba el sonido tenue y acompasado.

Volvió a mirar hacia la ventana y se pregunto quién había salido por ella, quién había provocado que la habitación tuviera síndrome de Diógenes.

En aquel momento supo que siempre tendría que vivir con una geometría variable, supo que nada volvería a ser perfecto, pero se consoló pensando que el olvido es rectilíneo, y que siempre iba acompañado por el sonido tenue y acompasado, que no cesaba de sonar, aunque él no lo oyera, aunque cientos, o miles de insectos alados le quisieran impedir oírlo, el sabía que seguía sonando, y con el olvido de fiel compañero de viaje. Supo que los cristales del viento azul se le seguirían clavando en los huesos, pero también supo que cada día le dolerían menos.

Despertó a una hora indeterminada y se acordó de ella como tantos otros días. La vio saliendo por la ventana, y vio como le golpeaba el viento azul en la cara. Vio como se daba la vuelta y observaba como se desmoronaba la habitación, pero aun así salió.

Cerró los ojos y escuchó a su corazón, un sonido tenue y acompasado, y por una razón que ni un telépata araucano hubiera podido discernir, le vino a la cabeza Since I don’t have you.

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