Uno de los días que recuerdo con más claridad de las ya lejanas clases de E.G.B. ,es en el que nos permitieron “pasar a boli”.

Hasta entonces, tanto los ejercicios de matemáticas, como las interminables libretas caligráficas, las rellenábamos con unos lápices cilíndricos de color marrón.

Además de los lápices, disponíamos de otros dos elementos auxiliares pero de suma importancia, a saber: la goma de borrar y el sacapuntas o sacaminas.

Las gomas de borrar solían ser blancas, cuadradas y con un característico olor que se quedó incrustado para siempre en lo más recóndito de mi cerebro. Casi todas llevaban impresa la palabra “MILAN”. Más tarde descubrí que era la marca.

Los sacapuntas daban más información sobre sus usuarios. Los había de plástico, unos con forma de prisma triangular y otros cúbica, con una entrada para el lápiz, también los había metálicos con una entrada y con dos entradas, una para lápices normales y otra para otros más gruesos que, en realidad, nunca ví. Llegué a establecer una conexión entre la calidad de los sacapuntas y los posibles de cada uno porque cuanto mejor era el sacapuntas del niño, más grande era el coche con el que venía a buscarle el padre.

Todo esto acabó el día en que nos dijeron: “Mañana traed bolígrafos azules”

La principal novedad era que lo escrito con bolígrafo no se podía borrar. Aterrador.

Lo que escribiera con bolígrafo iba a quedar para siempre, y eso me obligaba a pensar muy bien lo que iba a escribir y como iba a hacerlo. Por primera vez en mi vida, pensaba seriamente en las consecuencias de algo.

Percibí que todos tardábamos más en rellenar nuestros ejercicios, seguramente porque pensábamos más en la consecuencia, que en el propio acto.

Cuando salíamos al recreo y nos juntábamos con niños de cursos inferiores, nos mostrábamos muy ufanos porque “ya nos habían pasado a boli”. Nos vanagloriábamos de ser “mayores”, sin saber, en nuestra inocencia, que habíamos dado un paso fatídico del que ya no habría marcha atrás.

Me hubiera gustado poder vivir escribiendo siempre con lápiz, aunque hubiera tenido que cargar con una goma “MILAN” y con un sacapuntas.

Por cierto, el mío era de plástico.