Apenas te quedan unas horas de vida. Nunca es agradable anunciar una muerte, pero tú, desde el día que naciste, sabías exactamente que día morirías, incluso el instante preciso en que dejarías de existir para no volver jamás. Me pregunto qué pasaría si los humanos fuéramos de tu misma naturaleza: etérea, rectilínea, finita y certera. Es posible que perdiéramos todo nuestro tiempo, tu propia esencia, en pensar cómo pasará, como será ese último y fatídico final. Creo que no viviríamos. Sería un tormento tener despejada la incógnita de tan larga e infame ecuación. Mejor que no lo sepamos. Por eso te compadezco, por eso y porque te mueres.

Pero debes saber que tu muerte es necesaria. Debes morir para que llegue otro de tu estirpe a traernos, con su renovado aliento, nuevas ilusiones, que es (no te engañes), algo de lo que vivimos estos miserables que hemos transitado por tus entrañas. Gracias por tan alto sacrificio y gracias sobre todo por habernos creado recuerdos, que son (no te engañes) los que nos alimentan el alma.

 

Anuncios