En cada pueblo hay, como mínimo, un tonto.

Desconozco por que las ciudades, se han librado de tal afirmación.

¿Alguien ha oído alguna vez hablar del tonto de la ciudad?

Sin embargo, y por una mera cuestión estadística, los tontos de ciudad son legión.

Otra vez la injusticia rural.

Dejaremos a los tontos de ciudad para otra ocasión ya que merecen capítulo aparte.

Vicente es un tonto de pueblo. Grandullón, entrañable, indispensable en el paisaje. Con su vieja boina amarronada por el uso, eso sí, una boina Elósegui. Para el que no lo sepa, Elósegui es a las boinas, lo que Armani a los trajes. Pero Vicente no sabe quién coño es Armani. La lleva tan calada, la boina, que pareciera que nació con ella. Barba cana de dos días. Nunca he sabido si porque se la repasa, o porque siempre le veo dos días después de afeitarse.

Vicente siempre ha vivido en el pueblo, de hecho solo ha salido de él en contadas ocasiones. Una de ellas fue para ir a la mili. Al Ferral de Bernesga le tocó. Según sus propias palabras, pasó más frío que un perro pequeño. Vicente siempre cuenta historias de la mili, quizás porque allí se sintió liberado.

Paradojas

Vicente nunca le ha hecho daño a nadie, antes al revés, se ha visto humillado en público en más de una ocasión.

Pero Vicente ha perdonado.

Recuerdo el día en que me dijo que había dejado la radio puesta toda la noche y se fue a dormir. Le pregunté por qué había hecho tal cosa y su respuesta me dejó atónito. Dijo que le caía mal el locutor, y que le quería tener toda la noche hablando, como castigo. Así es Vicente y esta es la mayor maldad que le conozco.

Inocente hasta en la maldad

Pero entre los faros que nos alumbran y Vicente, me quedo con Vicente.

Vicente es un niño de sesenta años

Vicente es mi amigo

 


Anuncios