Cuando la culpa te desordena el alma y buscas la puerta donde diga “expiación”, entonces es cuando se siente la satisfacción por la mácula. Como Raskolnikov. El bálsamo lisérgico de que nacimos para ser culpables, eso lo tapa todo.

Aunque acabemos en Siberia, la redención de la culpa es íntima, no como el castigo, para eso hacen falta terceros, blandiendo gruesos libros  y no sé qué balanzas en manos de damas con los ojos vendados.

No siempre la culpa la origina un crimen, a veces no es más que una frustración, una omisión, una elipsis de la razón, y estas  no merecen castigo, sino condescendencia y comprensión, pero no os preocupéis, siempre hay un alma caritativa que nos las va recordando periódicamente. Para que no las olvidemos. Para recordarnos que no podemos vivir sin ellas, que forman parte de lo más íntimo de nuestras ruines existencias.

Hay quien no perdona nuestras culpas, desechando cualquier atisbo de comprensión, y nos deja el corazón en edición de bolsillo. Ignorando que si somos culpables es porque somos humanos. Indisoluble.

Yo no he sido.

 

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