Las tardes de otoño languidecían dejando pasar por las persianas un resquicio de luz que apenas rozaba el zócalo del salón. Elena Francis y el rosario eran líderes de audiencia cuando no había líderes de audiencia y las abuelas escuchaban con atención los consejos con que La Señora obsequiaba a solteras incorruptas, separadas resentidas y escocidos en general, que la llamaban muy desesperados para que les diera un consejo que arreglara su mezquina vida.Radio.

Me fascinaba observar como repasaban las cuentas de un rosario erosionado de tanta beatitud, con insospechada sincronización y pericia. Eran momentos mágicos donde me dedicaba a analizar los movimientos de sus dedos ajados por los años y por tantas caricias perdidas entre las ruinas de una guerra que no eligieron. Dios te salve María.

Los sábados se compraba el periódico. Esperaba a que mi padre acabara de leerlo para poder hojearlo. El tacto de su papel áspero producía en mí una extraña sensación. Como si pasara a ser adulto con solo tocarlo, como si me eximiera de ir al colegio el siguiente lunes. En esos momentos era importante, o por lo menos eso pensaba, que al final es lo que cuenta. El Noticiero Universal.

Blanco y negro, dos opciones, anuncios de Vanguard y Kelvinator. Concursos con caspa. Reinas por un día. Premonitorio. Un millón para el mejor. Desierto. Y el telediario, bueno, El Parte hasta que se fueron los abuelos, y Eugenio Martín Rubio con su varita sobre el mapa de cartón, manejándose con destreza entre isobaras y borrascas, entre marejadas y marejadillas, y su bigote nostálgico de otro tiempo, no precisamente atmosférico. Y el domingo misa y fútbol, si no, no era domingo. Panem et circenses.


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