En ocasiones recuerdo el barrio en el que nací y crecí. En aquella época todavía existía la figura del Sereno, un vigilante nocturno que velaba por la seguridad de los ciudadanos trasnochadores, cuando trasnochar era llegar a casa a las doce de la noche, incluso tenía las llaves de los portales. Los autobuses de Barcelona me parecían unos monstruos verdes que inundaban de humo por allí por donde pasaban. Tenían el suelo de madera y unas barras nacaradas para agarrarse raídas por el uso, el cobrador iba en la parte trasera y había carteles que rezaban “prohibido escupir”. En ocasiones cogíamos el Metro desde Poble Sec (entonces Pueblo Seco) y bajábamos en Fontana (entonces Fontana). Íbamos allí a visitar a un primo de mi madre, que siempre pensé que tenía más posibles que nosotros porque vivía en Gràcia, pero que al final resultó ser un desgraciado.

Los paseos hasta el colegio eran entretenidos, bajaba la calle Cabanes hasta Vilà i Vilà, giraba a la izquierda y pasaba por el restaurante Abrevadero, lugar de encuentro de los actores que trabajaban en el teatro Talía, después Studio 54, después lugar de citas, la mayoría clandestinas.

Un poco más adelante me encontraba con el encantador y maltratado Molino, donde hicieron las delicias de lo más granado de la ciudad artistas como Pipper, Johnson, Teresita la mojada, o La Maña.

El colegio estaba en la calle Tapioles (entonces Tapiolas). Era un edificio antiguo por fuera y moderno por dentro, como queriendo imitar los últimos años de Warhol. El director era el Sr. Janer. Hombre serio que nos obligaba a darle la mano cada mañana al entrar a clase. Siempre tenía aspecto de agotado, no se si por las exigencias de su amantísima, o porque, como descubrí más tarde, todos estábamos agotados, unos lo parecían más que otros, pero todos estábamos agotados…

Pero por fin cayó la estaca, y nos dieron tres días de fiesta que aproveché para enterarme de lo que sospechaba que era un hecho trascendente, estaba en tercero de E.G.B.

Los abuelos maternos lo vivieron con preocupación, los paternos con alegría, o sea que estuve muchos años en los que las reuniones navideñas acababan en discusiones políticas que más de una vez estuvieron a punto de desembocar en tragedia familiar. Ya ven, viviendo en primera persona eso que dio en llamar las dos Españas.

En uno de esos días de fiesta, recuerdo que mi padre me llevó a dar un paseo por las atarazanas y el muelle de las golondrinas, y me dí cuenta de que miraba el mar de otra manera, como si no lo hubiese visto nunca, o como si fuera una mar (como decía el) diferente. Incluso el aire era diferente, y hasta los autobuses parecían despedir menos humo. Ese día me di cuenta de que había pasado algo importante, algo que iba a cambiar nuestras vidas para siempre.

 

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